miércoles, 27 de abril de 2016

Las minas siguen paradas en Fuentenebro

Begoña López, propietaria del restaurante El Rincón del Pasado
Los foráneos imaginarán la Ribera como una extensa comarca bañada por el Duero y repleta de viñedos, pero ninguno la identificaría como una fuente de extracción de minerales. Sin embargo este es el elemento que diferencia la localidad de Fuentenebro. Sus montes, repletos de mica, cuarzo y feldespato, fueron explotados en los años 60 por una empresa que después desapareció.

Hace cinco años, otra entidad, Proyecta Civil XXI, S.L., volvió a interesarse por este recurso natural hasta conseguir la concesión de explotación en abril de 2011. Sin embargo, a lo largo de este quinquenio ninguna máquina ha entrado en el monte. «Se quedó con ello, pero no sabemos cuándo van a empezar», reconoció el alcalde, José Luis Pérez. «Ahora no se mueve nada, pero tienen un contrato por 35 años», añadió.

Tiempo durante el que podrán extraer cuarcita, según recoge el acuerdo publicado en el Boletín Oficial de la Provincia (BOP). Un mineral especialmente valorado para el asfaltado de las carreteras. Actualmente el proyecto se encuentra paralizado y solo la dueña del restaurante de la localidad, El Rincón del pasado, explota este recurso con el único objetivo de evitar que el legado minero de Fuentenebro caiga en el olvido.

Ni el Ayuntamiento ni el resto de administraciones provinciales ni regionales se han interesado por poner en valor este tesoro natural más allá de pintar algunas líneas en árboles y rocas para señalizar lo que hoy se conoce como ruta del Aguacae. Carencia que la responsable del establecimiento, Begoña López, ha tratado de paliar con un simple planteamiento: Todo aquel que acude a comer a su restaurante recibe una visita guiada por este sendero totalmente gratis. «No cobro nada. No puedo ponerle un precio», comenta.

Aún así, el negocio resulta rentable: «Después de andar 12 kilómetros, llegan con hambre», dice, entre risas. Al margen de ofrecer esta posibilidad a las reservas, ella misma organiza salidas concretas en torno a una oferta gastronómica. «Hay que mirar alrededor y aprovecharlo para diferenciarse del resto. Ese es el eje de cualquier negocio en el ámbito rural».

Una exclusividad que también ha logrado construyendo un pequeño museo del vino frente al restaurante tras adquirir cinco pequeñas bodegas que estaban a punto de derrumbarse. Pero, sobre todo, gracias a sus salidas al campo con sus clientes explicándoles el pasado de la tierra que pisan. «Les enseño los lugares donde explosionaban las montañas y dónde realizaban las catas», resume. «Pero, aunque no digas nada, el paisaje habla. El terreno cambia de rojo a blanco, amarillo y gris y se ve cómo brilla la mica».

Pasado doloroso.

«Las minas dieron mucha vidilla al pueblo porque se instaló una fábrica en un lugar donde todo el mundo se dedicaba a la agricultura y la ganadería», comenta. «Generó mucho trabajo tanto en Fuentenebro como fuera de él». Ella lo sabe bien, pues su padre se trasladó allí desde Toledo. Recuerda que «explosionaban las montañas y todos los minerales los llevaban al molino». Una planta construida en la localidad y de la que ya solo quedan los cimientos. «Después, se lo llevaban fuera».

A pesar del revulsivo que supuso para Fuentenebro, López asegura que «fue la ruina del pueblo». No habla en el sentido puramente económico, sino en el sanitario. «Mucha gente murió por la enfermedad de la silicosis porque no había ninguna medidas de seguridad», cuenta. «Solo les proporcionaban una mascarilla imponible, pero nunca les explicaron los peligros que corrían».
La inhalación de las pequeñas partículas generadas durante el picado de los minerales sentenció a muerte a muchos trabajadores que fallecieron muy jóvenes. Otros, como su padre, lucharon contra estos problemas  durante 30 años. No así la fábrica, que desapareció sin muchas explicaciones y de la que solo quedan montones de tierra revuelta.

Noticia del Diario de Burgos.

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